Ubicación: Las Islitas San Blas, Nayarit (México)
Receptores de la ayuda: Familia Local
Ayuda: Instalación postes

Llegamos a Las Islitas de casualidad, después de nuestros primeros 15 días de viaje. Nuestra idea era hacer noche en San Blas, rumbo hacia la costa sur del estado de Nayarit, donde teníamos pensado hacer nuestra primera gran parada después de un intenso inicio de viaje recorriendo los estados de Baja California y Sinaloa.

Entrando a Las Islitas se pueden observar varios restaurantes locales frente a la playa a través de un camino de tierra paralelo a la costa. Decidimos seguir ese camino, buscábamos donde poder acampar para descansar esa noche cuando, casi al final del mismo, dimos con una pequeña playa paradisíaca.

Bajo unas enormes palmeras, abarrotadas de cocos que desafiaban a la ley de la gravedad, encontramos un espacio apto para aparcar la Califata y tirar nuestra tienda de campaña. El lugar era inmejorable, si por algo decidimos seguir el camino fue por el rechazo inicial a los restaurantes playeros y las molestias que, por lo general, suelen generar. En cambio, este pequeño rincón estaba totalmente aislado: Una playita de arena clara, palmeras y lo que en apariencia era una humilde cabaña de madera en construcción. Así que, con esa misteriosa sensación de haber encontrado el lugar que buscamos, ahí fue finalmente donde nos detuvimos.

No nos habíamos percatado al principio pero sentado en los escalones de la cabaña, con pose tranquila, descalzo y ataviado sólo con un bañador, nos observaba impasible un chico. Nuestro primer pensamiento fue que se trataba de un adolescente, quizás el hijo del dueño del lugar, se acercó sonriente para presentarse y con una humildad y amabilidad que nos cautivó nos dio la bienvenida. Ese lugar, nos explicó, era de su propiedad y para nuestra sorpresa no era ningún adolescente, sino un adulto de 37 años, padre de familia, con 2 hijos y esposa, que llevaba meses construyendo esa cabaña con sus propias manos. Nos invitó a quedarnos ahí a cambio de una pequeña ayuda de 100 pesos (5 euros aprox.) y si bien, no es nuestra filosofía de viaje pagar por hospedarnos en ningún lugar, para eso tenemos nuestra casita de metal con ruedas, su energía y situación personal no nos hizo dudar ni un instante, estábamos seguros que esos 100 pesos tenían un destino más que justificado. Mientras caía un hermoso atardecer, nos sentamos a conversar y compartir unas cervezas con él y sin darnos cuenta, caímos en que estábamos en frente de nuestra primera posibilidad de ayuda.

Oscar, vamos a ponerle nombre de una vez, nos contó que su familia vivía en San Blas y él pasaba los días ahí, trabajando de sol a sol, armando lo que en un futuro iba a ser un humilde restaurante con el fin de poder sustentar a su familia. Como no tenía recursos económicos lo iba armando todo poco a poco, con recursos y materiales que sacaba de la zona, haciendo uso de su increíble ingenio y una sensibilidad hacia la naturaleza que nos cautivó. Oscar y su familia sobrevivían, básicamente, de la recolección de cocos bajados con cuerda y machete, de forma tradicional, de las palmeras de su terreno.

 

Acción

Uno de los grandes problemas de Oscar era la cantidad de gente que invadía su terreno dado que no estaba delimitado. Mucha gente de la zona llegaba allí y sin mediar palabra, la mayoría de veces con desprecio, accedían y aparcaban. Cuando Oscar les pedía una pequeña colaboración por acceder a su propiedad, se lo negaban con malas maneras. Así que decidimos echarle una mano con eso. Agarramos algunas de las pocas herramientas de las disponía: Palas, picos, algunos troncos y cuerdas con lo que nos pusimos a trazar la línea fronteriza que dividía la pequeña propiedad que había heredado Oscar de su padre.

Mientras dos de nosotros cavaban la pedregosa tierra y clavaban los palos de madera en el suelo, otro barnizaba con aceite de motor quemado la madera a modo de aislante para la humedad y las termitas. Y así pasamos 3 días, colocando este sistema, limpiando la playa de basura, compartiendo un exquisito pescado zarandeado (por favor, si tienen la posibilidad no duden en probarlo), que Oscar nos cocinó en agradecimiento, hablando con los pescadores, que curiosos nos observaban y nos regalaban algunas ostras recién sacadas con sus manos del mar y viendo anonadados la agilidad de Oscar en su labor de bajar de las palmeras racimos de cocos.

Por otro lado, también quisimos aportar algunas ideas que, creímos, podrían ser interesantes para su futuro negocio. Como por ejemplo la instalación de paneles solares, dado que no tenía acceso a la electricidad o más bien el costo para su instalación superaba, de largo, su capacidad económica.

Retorno

De esta experiencia nos llevamos conocer a una persona que nos enamoró, con una humildad tan grande como su bondad y sabiduría. Siempre sonriente, de buen humor y amable con todo el mundo. También aprendimos algunas nociones básicas sobre bioconstrucción, datos muy interesantes del ecosistema de la zona y, sobretodo, la felicidad de poder desarrollar por primera vez el principal objetivo de nuestro viaje: Ponernos al servicio de personas necesitadas de ayuda.

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