Ubicación: Chiábal, Todos Santos, Guatemala
Receptores de la ayuda: NGO Escuela Rural Mixta Aldea Chiábal
Ayuda: Odontología / Informática / Charlas sociales

Dejar México no resultó nada fácil, después de seis largos e intensos meses generamos en nuestro interior un amor intenso hacia el país, sus gentes, su diversidad cultural, su inacabable gastronomía y todo lo que tenía que ver con nuestra vida recorriéndolo desde la frontera norte hasta la frontera sur - no así por sus fuerzas de orden público -.

No sólo dejábamos México atrás, sino que además también nos íbamos de San Cristóbal de las Casas; esa hermosa ciudad colonial en la sierra de Chiapas nos había procurado algunas de las experiencias más conmovedoras de nuestro viaje hasta el momento y para completar el paquete también nos despedíamos de nuestros queridos amigos "Los Restauradores".

Así que con esas sensaciones encontradas -y a bordo de "La Califata"- nos dirigimos hacía la frontera de México con Guatemala. El paso elegido fue el de La Mesilla, nos habían advertido que podríamos llegar a vivir momentos complicados cuando llegásemos al puesto fronterizo: las tristemente famosas caravanas de migrantes hacia los Estados Unidos -con sus aun más tristemente precarias condiciones de vida-, la siempre omnipresente corrupción sistémica a la hora de realizar cualquier trámite con funcionarios y el extra de peligrosidad que siempre suponen las zonas fronterizas en este lado del mundo. La realidad decidió darnos una agradable sorpresa, dado que tuvimos la suerte de no experimentar nada de eso sino, más bien, todo lo contrario. Nuestro paso hacia Guatemala fue rápido y sencillo: nos sellaron los pasaportes, realizamos el tramite de importación temporal de nuestro vehículo; y así, incluso con las bendiciones de los policías que nos pararon para revisar que todo estaba bien, dio comienzo un nuevo capítulo en nuestra aventura: Guatemala.

Lo primero que decidimos hacer fue dirigirnos a Huehuetenango, una ciudad situada relativamente cerca de la frontera por donde habíamos pasado; y ahí realizar algunas gestiones importantes cuando llegas a un nuevo país, véase: Cambiar nuestras SIMs del teléfono para poder estar conectados, cambiar divisas a nuestra nueva moneda -el Quetzal-, empezar a estudiar sobre la geografía del país: qué zonas son las adecuadas para desarrollar nuestro trabajo, cómo son las distancias, qué comunidades indígenas podíamos encontrar, en fin, teníamos la sensación que volvíamos a empezar de cero aunque ya mucho más curtidos en nuestro, siempre complejo, modo de vida itinerante.

Al día siguiente decidimos salir corriendo de Huehuetenango, no somos muy amantes de las ciudades en general pero "Huehe" era un auténtico caos urbano formado a base de calles estrechas abarrotadas de gente, puestos de comida, un ejercito de motos zumbando por todos lados, coches que salían de debajo de las piedras, ruido y bastante suciedad. Así que aún descolocados y sin saber muy bien hacia donde ir, agarramos la carretera y empezamos a subir metros sobre el nivel del mar hacía la Sierra de los Cuchumatanes, muy próxima a los dominios de la estresante ciudad.

Cada kilómetro que avanzábamos suponía un poco más de aire puro, bajada de temperatura y paisajes naturales hermosos. La subida por la montaña era dura: la carretera, durante todo el trayecto, exigía a los conductores de los diferentes automóviles y camiones que circulaban por ella un extra de atención y prudencia debido a la fuerte pendiente por la que lentamente se avanzaba. Justo a medio camino fuimos testigos de algo terrible: El coche que circulaba adelante nuestro, intentando adelantar al camión que le precedía, atropelló a una cachorra de apenas unos meses de vida y se fue a la fuga. Paramos para rescatarla, curarle las heridas y hacernos cargo de su recuperación y así dio comienzo la hermosa historia de Tita.

Ya empezaba a anochecer cuando entramos a la aldea de Chiabal, como no teníamos ningún plan ni tampoco ningún destino fijado decidimos pasar ahí noche para así, al día siguiente, seguir nuestro camino ya con luz diurna. La aldea maya de Chiabal está ubicada en unos de los puntos de montaña más altos de toda centro-américa -3300 metros- y cuando el sol comenzaba su previsible retirada, el frío empezaba a sentirse cada vez más duro.

Apenas se dejaban ver desde el punto donde nos detuvimos tres mujeres de la aldea, las cuales nos miraban curiosas desde una humilde casita pegada a la carretera, así que nos acercamos a preguntarles si sabían de algún lugar para poder acampar en la zona; y en el poco español que dominaban nos recomendaron hablar con Esteban, uno de los lideres de la comunidad y la persona que, sin saberlo aún, se iba a convertir en clave para nuestra acción social en ese precioso lugar.

Como decíamos, lo primero que le pedimos a Esteban, después de presentarnos, fue su permiso para poder acampar en algún lugar cercano; y lo que en principio parecía ser simplemente un tramite para pasar noche, se convirtió en nuestra primera oportunidad de realizar una acción social en Guatemala. Esteban nos preguntó sorprendido que ¿qué nos había llevado hasta su aldea?, ¿de dónde veníamos? y nosotros le ofrecimos un resumen rápido de nuestro proyecto de viaje: estábamos buscando comunidades donde poder ayudar solidariamente, en cualquier tarea que fuese necesaria -le comentamos-. Esteban, aún más sorprendido que al inicio de la conversación, nos contó que en su comunidad existían muchas necesidades y que estaría encantado de ofrecernos un alojamiento en el caso que estuviésemos dispuestos a quedarnos unos días y dedicarle nuestro trabajo y tiempo su comunidad. Sin pensarlo dos veces aceptamos su propuesta, nos contó que el lugar más indicado para realizar nuestro trabajo era la escuela de primaria del pueblo, allí se formaban más de 200 niñas y niños en condiciones muy básicas y nos emplazó a reunirnos con los profesores al día siguiente para así planificar con ellos las iniciativas que podríamos desarrollar los próximos días.

Al día siguiente nos reunimos con el profesorado y conocimos el centro educativo. Era viernes y daba la casualidad de que la escuela estaba cerrada ese día, lo cual, por otro lado, favorecía poder tener un encuentro tranquilo con ellos. La escuela era muy humilde, contaba con varias aulas pequeñas abarrotadas de viejos pupitres que ya sufrían en su estado el uso prolongado a lo largo de los años, pizarrones en la pared también testigos de muchas generaciones y poco más. Las profesoras y profesores de la escuela nos recibieron ilusionados, les habían hablado de nosotros transmitiéndoles -equivocadamente- que teníamos detrás nuestro alguna organización que nos apoyaba, pensaron que podría entrar algo de ayuda económica en su amado centro rural. Enseguida nos sinceramos, les explicamos que nuestro proyecto social se sustentaba en nuestros propios ahorros y en las donaciones que tan agradecidamente nos hacéis llegar, pero que, en todo caso, no alcanzaban para inversiones como las que con pena nos expresaron que necesitaban: una cocina, computadoras, arreglar problemas serios en la infraestructura de algunas aulas -incluida la precaria cocina, donde las madres de los alumnos se turnaban para cocinar sin gas ni electricidad, solo fuego en el suelo-. Una vez superada la desilusión inicial generada por el malentendido, tanto ellos como nosotros llegamos a la evidencia de que, aunque sin aportación económica, podríamos hacer una labor muy positiva en la escuela.

Programamos impartir talleres y charlas sobre higiene buco-dental, dirigidas a las alumnas y alumnos del centro a los que también se podían sumar madres y padres; y dónde además repartiríamos más de 200 cepillos de dientes para todos ellos. También propusimos realizar proyecciones de películas infantiles con nuestro proyector, muchas de las niñas y niños no tenían la oportunidad de poder disfrutar de algo tan común en tantos lugares. Por otro lado nos comprometimos a recuperar el escaso material informático del centro, que permanecía en desuso desde hacía tiempo porque nadie sabía repararlo. Por desgracia, no podíamos hacer mucho con los problemas estructurales del edificio -más concretamente con la sala de cocina-, tanto por el tiempo que suponía esa tremenda tarea, como también por la falta de recursos económicos. Pero fue entonces cuando nos percatamos que sí podíamos aportar algo que, estábamos seguros, iba a ser de ayuda para esas increíbles y atareadas madres que se veían obligadas a tener que cocinar bajo el sol o la lluvia día tras día. Una de las actualizaciones que llevamos a cabo durante nuestra parada en Querétaro fue la de incorporar a "La Califata" un toldo para poder refugiarnos de la lluvia o el sol cuando acampásemos, si hubo algo que salió mal durante esos días eso sería la instalación del toldo, nunca nos funcionó. Así que decidimos donarlo a la escuela para, posteriormente, instalarlo en la zona de la cocina y así mejorar, aunque fuese levemente, el confort de las cocineras.

Llegó el fin de semana, el centro educativo estaba cerrado y con las profesoras y profesores concretamos volvernos a encontrar el lunes, ya en horario escolar. Ilusionados con nuestra nueva posibilidad de ayuda, dedicamos esos dos días a conocer un poco más del increible entorno natural de la Sierra de Cuchumatán y preparar las tareas de la semana. El lunes, a la hora del recreo nos presentamos ante una escuelita abarrotada de niñas y niños correteando por todas direcciones e impregnada de ese tan reconocible ambiente sonoro que se genera cuando doscientos estudiantes disfrutan de su tan ansiada hora del patio. Nos reunimos con el profesorado y la directora del centro con la idea de programar todas las actividades semanales en las que íbamos a participar pero las expresiones de sus caras presagiaban que al había salido mal. De inmediato nos dieron la mala noticia: la Escuela Rural Mixta de Chiabal es una escuela pública de la República de Guatemala y como tal está gestionada por el estado. Eso llevaba implícito que cualquier acción que se llevara a cabo en esas aulas debía venir acompañada de un permiso del Ministerio de Educación guatemalteco. Lejos de abandonar nuestras acciones por culpa de esa traba burocrática, decidimos acudir a la institución pública en busca de nuestro permiso. No sabíamos bien que nos íbamos a encontrar allí o si iba a ser o no posible conseguir ese tan "necesario" papelito. Averiguamos la dirección y por desgracia vimos que estaba en nuestra “amada” Huehetenango, volvíamos a nuestra ciudad preferida. Nos subimos a "La Califata" y pusimos rumbo hacia el ministerio, cuando llegamos, después de pedir cita con el director departamental y esperar pacientemente nuestro turno, éste nos atendió en su despacho y tras explicarle sobre nuestro proyecto no tardamos mucho en conseguir el permiso.

Acción

Ya con todo en regla y con la feliz sensación que nos proporcionó el haber podido superar ese escollo legal, empezamos nuestro trabajo en la escuela. Llevamos a cabo durante toda la semana diferentes talleres de higiene buco-dental, cada uno de ellos agrupaba a niños por edad y curso. La respuesta por parte de pequeños y mayores fué, de nuevo, increiblemente positiva. Los más chicos mostraban mucho interés en lo que les explicábamos y a muchas de ellas y ellos se les quedó grabada la importancia de lavarse los dientes tres veces al día durante, al menos, tres minutos. También aprendieron técnicas correctas de cepillado y pudimos conseguir el reto de no dejar a nadie sin cepillo de dientes, incluidos padres, madres y trabajadores del centro.

 

Fueron un éxito los pases de cine, como comentábamos al principio del relato, muchas de ellas y ellos ni siquiera disponen de un televisor en sus hogares y es de suponer que el acceso a las salas de cine es algo que se presenta como un lujo inalcanzable. Es por eso que todas y todos llenaron las aulas donde proyectamos algunas piezas infantiles, ilusionados e inquietos ante el evento, llevando consigo una enorme sonrisa en la cara,.Algo inusual - además en horario escolar - estaba sucediendo y eso les llenó de una maravillosa sensación de felicidad.


Por otro lado donamos el toldo queretano para su instalación en la cocina; y por último pudimos recuperar el viejo y abandonado ordenador de la escuela para su vuelta al servicio.

Retorno

Otra experiencia mágica que el destino tuvo a bien ofrecernos. No sólo por el trabajo que pudimos desarrollar, también por el lugar excepcional donde pasamos esos más de 10 días: una aldea maya rodeada de verdes montañas. Tuvimos la posibilidad de convivir y compartir con las personas que viven en ese pequeño rincón escondido y apenas visitado, aprendiendo de sus costumbres y cultura, jugando con los niños de la comunidad a fútbol al atardecer. Otra vez sucedió sorpresivamente: sin buscarlo, sin contacto previo de ningún tipo, sin organizaciones intermediarias, solo por la mágica combinación de factores aleatorios que hicieron que fuésemos allí, sin saber muy bien donde íbamos y todo que todo encajase.

 

 

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