Se podría decir, sin miedo a equivocarse, que Óscar había nacido en el mismo lugar en el que le conocimos 36 años atrás. Padre de familia, con dos hijos y esposa había heredado hacía poco tiempo un pequeño pero encantador rinconcito en Las Islitas de San Blas, en el extremo norte del estado de Nayarit (México), casi en la frontera con Sinaloa.

Su familia tenía ese terreno bajo su propiedad y se lo cedieron. No quisiéramos, de ningún modo, dar la impresión de que el hecho de tener esa pequeña propiedad por parte de su familia, suponga por sí mismo que estamos hablando de una familia mínimamente acomodada. En realidad todo lo contrario, Las Islitas era una pequeña zona de playa, cerca de San Blas, que hasta hacía poco apenas contaba con algunas familias humildes viviendo de la pesca. No fue hasta algunos años atrás que el lugar comenzó a experimentar el levantamiento de algunos restaurantes humildes y tranquilos; y La familia de Oscar, de forma generacional, había vivido siempre en ese bonito y tranquilo rincón.

Él y su familia sobrevivían con un pequeño quiosco en San Blas, regentado día tras día por su esposa. El lugar estaba ubicado al final de una la línea de playa, justo detrás de un criadero de camarones y era realmente paradisíaco. Allí encontramos a Oscar, con la amabilidad, hospitalidad y simpatía que no tardó menos de medio segundo en salir a relucir. Como su quiosco no daba para mucho más y como, sobre todo, disponía apenas dinero para el día a día, había decidido construir desde cero y con sus propias manos (y las de su hijo mayor) un futuro lugar donde poder ofrecer comida a los incipientes turistas que llegaban a la zona y también, quién sabe, dejar San Blas y mudarse a vivir a ese pequeño paraíso.

Oscar fue uno de los primero mexicanos que tuvimos la oportunidad de conocer a fondo, de nuevo la suerte nos sonrió cruzándonos en nuestro camino a una persona increíblemente amable y amorosa, con una sensibilidad realmente especial hacia la naturaleza y el ecologismo. Nos contó que cuando se hizo cargo del lugar se encontró con un auténtico vertedero de basura, plásticos y diferentes residuos que el mismo limpió sin la ayuda de nadie. Sabía mucho del mar, de sus cambios de estado, al mar no hay que tenerle miedo pero siempre mucho respeto nos decía una y otra vez. También era un cocinero excepcional, tanto de pescados como de carnes. En una ocasión, como agradecimiento por nuestro trabajo y para nuestro deleite personal nos preparó un pescado zarandeado que hizo que llorásemos de felicidad. Una persona muy especial que nunca olvidaremos y que nos hizo sentir parte de su familia el breve tiempo que compartimos en ese pequeño rincón de inmensa y preciosa costa de Nayarit. 

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