Conocimos a Marcos tres o cuatro días después de llegar a San Sebastián Rio Hondo (Oaxaca, México), pero ya desde el primer día nos habían hablado de él. Poco a poco, durante esos primeros días, fuimos comprendiendo que existía un claro antes y después de la llegada de Marcos al pueblo, hacía ya 45 años.

Cada lugareño con el que teníamos la oportunidad de profundizar en conversaciones, más allá de los cordiales buenos días o buenas tardes, acababa sacándole a relucir en algún momento. De esa forma supimos, antes de conocerlo, que era una persona de peso en la comunidad, incluso para los más viejos del lugar.

Así que con el nombre de Marcos revoloteando en el aire pasaron nuestros primeros días en San Sebastián. Una mañana, mientras los tres desayunábamos fuera de la casita, que muy amablemente nos cedió la directora de la escuela para acomodarnos, lo vimos bajar por las escaleras que llevaban al centro educativo y supimos que era él. Tampoco sería necesario atribuirnos una capacidad descomunal de elocuencia, saltaba a la vista: barba y cabellos blancos y largos, vestido con prendas de corte indio, saludado a todos los jóvenes alumnos que se le cruzaban con un abrazo y acompañado de una niña, la cual, ya sabíamos de antemano que era su hija.

Ahí nos presentamos por primera vez, él también había oído hablar de nuestra llegada al pueblo y se interesó por los motivos que nos habían hecho caer en ese lindo lugar rodeado de verdes montañas. Le explicamos de nuestro viaje, de nuestros objetivos y de la charla surgió una invitación para tomar un café una tarde en su casa, no tardamos mucho en acudir a la cita.

Cuando llegamos a su casa nos estaba esperando con un té chai y muchas ganas de hablar, nosotros no teníamos ninguna intención de desaprovechar la ocasión de profundizar más en la, aparentemente, misteriosa historia de Marcos. Nos contó que había llegado a San Sebastián en el año 1974, era hijo de un gerente, o cargo de "importancia" similar, de alguna empresa gringa no menos "importante" ubicada en la caótica Ciudad de México. Había crecido, digamos, en un ambiente si no de opulencia, sí de desahogo económico, desde pequeño le había fascinado la magia, la magia de los trucos de magia, nos decía para aclarar. La estudió desde pequeño y a los 7 años ya salía a los escenarios para ofrecer algunas funciones acompañado de magos profesionales. A los 14 años un conocido le dice que él, en realidad, no tiene ni idea de lo que es la magia, que la magia no es eso que hace, que es algo mucho más grande y le habla de la sierra de Oaxaca, donde todavía existían algunas sociedades zapotecas que practicaban rituales chamánicos basados en la ingesta de hongos de la zona y que ahí sí se podía experimentar la magia de verdad. Empujado por esa revelación y la increíble inquietud que le generaba experimentar esa magia de la que le había hablado aquel extraño, agarró un tren y marchó a Oaxaca solo, escapándose de casa sin avisar a nadie.

Cuando llegó a San José del Pacifico se dio cuenta de algo que no había tenido en cuenta: la gente local desconfiaba casi genéticamente de cualquier extranjero. Con cada persona que intentaba hablar, en el mejor de los casos, solo recibía indiferencia. Eso no le detuvo y decidió adentrarse en el bosque por antiguos caminos de rurales, dejando atrás San José, que aunque pueblito de la sierra y parte de ella que era, no dejaba de ser el principal foco de población por el que pasa la carretera que atraviesa la sierra y por lo tanto, el menos aislado de la civilización de todos. Mientras caminaba sin saber muy bien hacia donde encontró, o quizás le encontró a él, un abuelo. A diferencia del resto de lugareños éste si le prestó atención y se pusieron a charlar. Marcos le contó el motivo de su viaje hasta la sierra y el abuelo accedió a ofrecerle un ritual para que experimentase eso que tanto anhelaba experimentar. Tan hospitalario fue el anciano que incluso le ofreció su casa para quedarse unos días con su familia y así fue como Marcos llegó a San Sebastian Río Hondo por primera vez.

Por aquella época el pueblo estaba aún más recóndito e inaccesible de lo que lo está hoy en día. Marcos tomó por primera vez en su vida esos hongos de los que le habían hablado, apenas había probado el alcohol en su aún corta vida y sobra decir que ninguna droga. Para darle un toque de radicalidad aún más extremo a la experiencia, no tomó la dosis que correspondía a una sola persona, si no que, no logramos recordar el motivo, tomó la dosis que correspondería a tres personas. Esta ingesta de la medicina, acompañada del ritual, le procuró un viaje interior de tres días, finalizada la cual nunca volvió a ser el mismo. Experimentó un despertar de la consciencia de la vida y la muerte, nos contó: "Si mueres sin ser y estar consciente, mueres ciego e inconsciente". El cambio en su vida fue radical, él había sido criado para la vida consumista y materialista y de pronto empezaba a preguntarse así mismo: ¿Para qué quiero el dinero? ¿Para qué quiero un coche o cualquier objeto que pueda comprar? Se estaba dando cuenta de que el materialismo es una ilusión, que le provocaba dolor y ya no quería tener ese tipo de apegos.

Marcos renunció a todo y se quedó a vivir en San Sebastián con el longevo chamán. El abuelo resultó ser uno de los ancianos más respetado en la zona, durante dos meses va descubriendo la vida humilde del campo: Sin dinero, con animales y naturaleza, con lo básico, que por primera vez caía en la cuenta que era más que suficiente. La gente del lugar vivía en sus ranchos, con sus borregos, hilando lana, cosiendo y tejiendo sus propias ropas. Esos meses le abrieron los ojos a mundo mucho más conectado con la vida, mucho más duro e incómodo pero también mucho más real y, por lo tanto, menos vacío y efímero.

Pasó lo que suele pasar con las personas de buen corazón, después de la huida, la tormenta y la sanación, tomó peso la certeza de que su familia, seguramente, estaría desesperada buscándole, no nos olvidemos que tenía 14 años cuando todo esto estaba sucediendo. Así que decidió volver a la ciudad movilizado por esa compasión familiar, pero como decíamos unas líneas arriba, ya no era el mismo. Los años venideros se sucedieron en un ir y venir de San Sebastián. Fue creciendo y con la certeza de que el sistema educativo tradicional no le iba a aportar nada interesante, decidió estudiar chamanismo y curanderismo basándose en las técnicas y conocimientos ancestrales de las culturas y pueblos de la zona. Pero no iba a ser tan sencillo, su principal maestro, la única persona de la zona que le había abierto las puertas hacia su cultura y tradiciones, se negaba aparentemente a compartir esos conocimientos. De nuevo la realidad aparente no era la única que hacía presencia en ese mágico lugar y el viejo, durante 12 años, sin nunca hablarlo o aclararlo oficialmente, le fue enseñando todo lo que sabía. Camufladas en largas horas de hilado de la lana y tejidos de prendas con técnicas tradicionales, se iba desarrollando lenta y armoniosamente, el traspaso de conocimientos entre maestro y alumno.

35 años pasaron así, ese fue su retiro. Durante ese tiempo también estuvo estudiando con los güicholes curanderismo, en Nayarit; y fue también en esa época cuando empezó a visitar la India.

La primera vez que visitó el país asiático fue a los 20 años, descubrió el budismo, el yoga y la meditación. En esa misma época conoció a un activista, excompañero de Gandhi de los tiempos donde el colonialismo británico, como todos los colonialismos, desangraba al país y a su pueblo. El viejo compañero del líder independentista indio compartió con él algunas ideas, ahora perseguidas, sobre economía alternativa en entornos rurales, algo así como el anticapitalismo occidental pero nacido de la realidad e idiosincrasia India. Esas ideas hablaban de recuperar la dignidad y el estilo de vida tradicional, tanto en lo económico como en lo social, del castigado campesinado, empoderándolo de nuevo. La India estaba avanzando de manera desbocada y desigual hacia la industrialización y eso estaba acabando, como ya había pasado en Europa, con la vida rural, expulsando hacia las ciudades a millones de personas y condenando al olvido tradiciones, costumbres y maneras de vida que, durante generaciones, se habían mantenido fuera del alcance de las garras del progreso devorador.

 

Marcos fue enlazando durante todos esos años largas estancias entre la India y San Sebastián. Una de las semillas que su amigo activista le había inoculado fue la de la recuperación de la economía de pueblo, o sea, devolver a las familias campesinas un mínimo de empoderamiento que les permitiese continuar con sus modos de vida, alejados de las fábricas y la contaminación propias de la vida en las ciudades. Le habló de la esclavitud que supone el trabajo moderno y de como en poco tiempo, la vida del campesino se había vuelto inviable. En esos momentos 35 pueblos ya estaban iniciando un movimiento revolucionario para recuperar sus costumbres y raíces pero el gobierno indio no estaba por la labor. Marcos, junto con otros activistas intentó por todos los medios conseguir el apoyo oficial necesario pero topó, una y otra vez, contra un muro de hormigón inquebrantable. Vista la imposibilidad de seguir con su proyecto para las zonas rurales de la india y constatado el hecho de que el movimiento de desobediencia estaba en un punto de no retorno, decide instalarse definitivamente en San Sebastián Río Hondo. Su idea entonces fue la de intentar poner en marcha, en el pueblo donde todo había empezado muchos años antes, todo lo que no pudo ser en la India. Cuando regresó, ya para quedarse en San Sebastián, se puso a hilar sorprendiendo a la gente del lugar, hasta tal punto que decidió fomentar el arte del hilado montando algunas ferias entre las comunidades locales. En esos momentos los pueblos que rodeaban la zona estaban muy empobrecidos, la industria había modernizado los procesos de fabricación artesana de los que habían vivido siempre: textiles, carpintería, etc... Incluso para la gente local era mucho más válido comprar ropa o muebles fabricados industrialmente a muchos kilómetros de distancia que los que ellos mismos, desde hacía muchas generaciones, habían producido de manera artesanal. Marcos se dio cuenta de que esa situación podía revertirse aplicando los mismos conceptos que había aprendido y desarrollado en la India. Comenzó en ese momento a predicar y enseñar que, a través del hilado tradicional, había un futuro para todas y todos. Vinieron muchos a aprender a hilar, hizo fabricar hiladoras de madera a los carpinteros locales y las regaló, cincuenta hiladoras para todo el que quisiera aprender a hilar. Un kilo de hilo eran 400 pesos, él mismo compraba ese hilo y después lo vendía como material de primera calidad. Viendo que la "empresa" funcionaba unió a todos los hiladores de la zona en una suerte de cooperativa, donde cada uno de ellos y ellas era dueño de su tiempo y producción. Marcos había conseguido darle reconocimiento y soporte al campesino creando una red de artesanos del hilo, implantando un modelo que muchos años atrás había creado Gandhi en el otro lado del mundo. 

 

 

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