Carolina había llegado a San Sebastián Río Hondo por pura casualidad. Llevaba ya algunos años viajando al rededor del mundo cuando el destino, de alguna manera, guió sus pasos hacia ese pequeño pueblo perdido en la sierra sur de Oaxaca.

Natural de Huesca, pronto sintió la necesidad de ampliar las fronteras socioculturales que existían en su localidad natal y marchó en busca de nuevos estímulos. Le fascinaba la educación y fue exactamente eso lo que decidió estudiar, siempre tuvo una sensibilidad especial con niños y mujeres y allá donde iba, fuese el país que fuese, se ofrecía entusiasmada para hacer charlas formativas, ayuda social o cualquier cosa que supusiese un beneficio para esos dos colectivos. Cómo decíamos, Carolina llevaba ya algunos años viajando cuando alguna extraña fuerza mística le empujó hacia el sur de México.

En ese momento estaba en Cuba, siguiendo felizmente su vida de viajera comprometida, cuando una amiga que la acompañaba recibió un mail en el que las invitaban a participar como voluntarias en un proyecto de permacultura. Nada de eso estaba en sus planes pero esa extraña fuerza la empujó a salir de la isla y dirigirse hacia ese misterioso nuevo destino. Ella ya había participado en varios proyectos basados en los principios de la cultura agrícola permanente y era algo que fascinaba, así que durante las primeras semanas en el pueblo todo parecía apuntar a que su paso por ahí se resumiría en otra bonita experiencia rural donde, en cooperación con otros voluntarios, se estaba empezando a dar forma y a construir huertos y casas de manera armoniosa con la naturaleza. Un día llegó un bus al pueblo y de él bajó un joven mexicano, venía con la intención de sumarse al proyecto y cuando Carolina lo vio sintió miedo; y no un miedo malvado sino, más bien, el miedo que se siente cuando, de manera irracional, descubres que acabas de conocer a alguien que va a cambiar por completo tu vida, tus planes, tú mundo... Quizás el adjetivo más adecuado no sea miedo sino vértigo.  Ese chico se llamaba Osvaldo, venía desde la Ciudad de México y como ella, también era un enamorado de la permacultura. Compartían la misma visión del mundo y las mismas ganas de vivir en un lugar amable, con la naturaleza presente y alejado del mundanal ruido de la vida urbana. Los dos no tardaron mucho en darse cuenta que se habían encontrado el uno al otro y empezaron a proyectarse juntos hacia un futuro compartido en ese precioso lugar. Siguieron viviendo su idilio mientras, junto con otros voluntarios, pasaban los días desarrollando proyectos cuando Carolina quedó embarazada. Eso supuso para ellos un punto de inflexión, querían que sus hijos creciesen ahí pero tenían que hacer frente a un gran problema: no habían escuelas; o al menos no las había relativamente cerca. Por otro lado la joven pareja no quería que la educación de sus hijos fuese cómo la que recibieron ellos, una educación clásica basada en los principios de competencia, falto por completo de técnicas y métodos alternativos que supongan beneficios reales para las chicas y chicos.

Así que sin dudarlo decidieron emprender su próximo gran reto, armar desde cero una escuela en San Sebastián Río Hondo. Lograron la fuerza de trabajo voluntaria suficiente para levantar un complejo de estructuras basadas en los principios de la permacultura y con mucho esfuerzo, fuerza de voluntad y sacrificio consiguieron, pasado un tiempo, abrir las puertas del Centro de Aprendizaje Ananda. La escuela ya estaba en funcionamiento y además de ofrecer el sueño educativo que Carolina y Osvaldo habían deseado para sus hijos ofreció un increíble oportunidad de escolarización para todos los jóvenes del pueblo. Carolina y Osvaldo viven felices junto con sus dos hijos en ese precioso entorno natural, rodeados de montañas y su legado educativo ya es una realidad funcional dentro de la comunidad. Ahora las niñas y niños de San Sebastián tienen una más que envidiable escuela donde se forman rodeados de libros, canciones, huertos, comida saludable, juegos, respeto y amor.

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